Me encuentro con una Argentina que es mas que fútbol, tengo claro que es Borges, el tango, Piazzola.... algunos amigos:
La primera reflexión es acerca del idioma, esa otredad que implica que dentro de nuestro español, cada país hable con alguna diferencia y donde la melodía difiere entre nosotros, alli ya me siento "el otro".
Esto he guardado para compartirles de este viaje:
1- LITERATURA
Si bien algunos estudiosos coinciden en señalar como precursores de nuestras letras a Martín del Barco Centenera, Ruy Díaz de Guzmán o Ulrico Schmidl, lo cierto es que se trata de cronistas cuyas obras revisten más un interés histórico que literario.
La crítica rescata especialmente en el siglo XVII los nombres de Luis de Tejeda, el primer poeta nativo, y el de Reginaldo de Lizárraga (llamado en realidad Baltasar de Obando), el primer viajero del Tucumán.
El fervor independentista encontró su expresión bajo la estética neoclásica en las composiciones de Vicente López y Planes, Esteban de Luca y Pantaleón Rivarola. Bajo la misma preceptiva pueden considerarse la dramaturgia de Manuel José de Lavardén o las fábulas de Domingo de Azcuénaga. Cabe recordar que por aquellos años comenzaron a circular los primeros periódicos: El Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiógrafo del Río de la Plata; La Gaceta de Buenos Aires; El Correo de Comercio, que incluían páginas literarias, lo que contribuyó a la creación de un público lector.
Con el mismo impulso revolucionario surgió la gauchesca, poesía popular típicamente rioplatense, que tiene como fundador a Bartolomé Hidalgo. El desarrollo del género continuó con Hilario Ascasubi y Estanislao del Campo (que no alcanzó la cualidad genuina de su predecesor) hasta su culminación, muchos años después, con el Martín Fierro de José Hernández en 1872.
La ruptura política con la corona española propició también la ruptura estética y la adhesión a los postulados del romanticismo francés. Dos textos centrales iluminan la literatura de este período: El Matadero de Esteban Echeverría, considerado por la crítica como el primer cuento argentino, y el Facundo de Sarmiento. Ambas obras, producto de la pluma de escritores exiliados (Ricardo Rojas definirá a esta generación como la de “los proscritos”), subordinan sus indudables valores estético–literarios a un fuerte cometido ideológico. A este grupo pertenece también la producción de José Mármol, autor de la primera novela argentina: Amalia, o la de ensayistas como Juan Bautista Alberdi con su Bases y puntos de partida para la organización política de la Nación Argentina.
Tras la caída de Rosas en la batalla de Caseros, se inició un período de relativa estabilidad política que encontró su formulación más sólida en la denominada Generación del 80. Sus hombres, destacados dirigentes de “la cosa pública” y dedicados también a las letras, acentuaron la admiración por lo europeo y la primacía cultural porteña.
Las figuras más representativas de este período son Eduardo Wilde (Aguas Abajo), Miguel Cané (Juvenilia), Eugenio Cambaceres (Sin Rumbo), Lucio V. López (La Gran Aldea) y el más lúcido y original de todos: Lucio V. Mansilla (Una Excursión a los Indios Ranqueles).
Con la llegada al país del poeta nicaragüense Rubén Darío, se produjo la revolución modernista y el nacimiento de una nueva estética, signada por el simbolismo y el preciosismo.
Leopoldo Lugones, autor de Los Crepúsculos del Jardín, se convirtió no sólo en la figura más representativa de estos años, sino en un modelo de emulación con una larga descendencia posterior. A este movimiento adscribieron los primeros escritos de Horacio Quiroga o Alfonsina Storni, quienes luego encontrarán su propia voz en obras como Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte y El Dulce Daño, respectivamente.
Otra corriente, de fuerte raigambre realista y costumbrista, se afirmó por esos años. En la narrativa, tras las huellas de Eduardo Gutiérrez (Juan Moreira) o de Fray Mocho –José Sixto Álvarez– (Memorias de un Vigilante) se destacó especialmente Roberto J. Payró (Divertidas Aventuras del Nieto de Juan Moreira), en tanto que en la lírica se consolida una estética de lo popular que alcanzó su consagración en la poética de Baldomero Fernández Moreno (Por el Amor y por Ella) y de Evaristo Carriego (Misas Herejes).
La primera gran fractura en el campo de la literatura argentina se produjo en torno a la aparición de la revista Martín Fierro, entre 1924 y 1927. Influenciados por las vanguardias europeas posteriores a la primera guerra mundial, Oliverio Girondo (Espantapájaros), Conrado Nalé Roxlo (El Grillo), Norah Lange (El Rumbo de la Rosa), Leopoldo Marechal (Cántico Espiritual) y Jorge Luis Borges (Fervor de Buenos Aires) –entre otros– arremetieron contra "la impermeabilidad hipopotámica del honorable público" y "la funeraria solemnidad del historiador y del catedrático, que todo lo momifican".
La ironía, el desenfado y la irreverencia fueron las armas con que este grupo intentó sepultar la influencia de Lugones, del modernismo ya decadente y de la producción de la generación anterior, de la que sólo reivindicaron a Macedonio Fernández (Historia de la Novela de la Eterna), talento excepcional de las letras argentinas. Bajo la denominación de Florida (todos ellos son habitués de la confitería Richmond ubicada en esa calle porteña) desarrollaron sus propuestas estéticas también en las páginas de las revistas Proa o Prisma.
En las antípodas en tanto, se consolida el denominado grupo de Boedo (sus integrantes se reúnen en los cafés del populoso barrio homónimo), que nuclea a Leónidas Barletta (El Barco en la Botella), Elías Castelnuovo (Memorias), Álvaro Yunque –Arístides Gandolfi Herrero– (Barcos de Papel), Roberto Mariani (Cuentos de la Oficina), Raúl González Tuñón (La Rosa Blindada) y Roberto Arlt (Los Siete Locos), identificados todos ellos con una concepción de la literatura como herramienta al servicio de la revolución y el cambio social. Los hijos de los inmigrantes de la generación del 80 fueron destinatarios de esta propuesta estético–ideológica que enunció sus postulados desde las revistas Los Pensadores, Dínamo, Extrema Izquierda y la Editorial Claridad de Antonio Zamora.
Al llegar la década del 30 Victoria Ocampo fundó la cosmopolita revista Sur, que dirigirá hasta 1970. Tributaria de una concepción elitista como la que había enorgullecido a los hombres de Florida, Sur consolidó un espacio para la traducción literaria y la difusión de la obra de los argentinos Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares (La Invención de Morel) o Silvina Ocampo (Las Invitadas).
Las décadas del 40 y del 50 estuvieron marcadas por la aparición de Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal (que implica una transformación de la novela). Al mismo tiempo, la revaloración en los ámbitos urbanos de la literatura de las provincias y el paralelo desarrollo de lo nostálgico–descriptivo encontró a sus mejores exponentes en la escritura de Vicente Barbieri (Anillo de Sal), León Benarós (Romances de la Tierra) y muy especialmente en la de Olga Orozco (Los juegos peligrosos).
En los años ´60 la industria cultural produjo en el continente americano una verdadera revolución editorial, conocida como el boom. Dos novelas anteriores pueden considerarse precursoras: Sobre Héroes y Tumbas de Ernesto Sábato y Bomarzo de Manuel Mujica Láinez, que tuvieron una importante repercusión en el público lector. Una relectura de la obra de Roberto Arlt desde la crítica académica, más los importantes cambios político–sociales que caracterizaron a esta década configuraron un campo para la literatura de aquellos años, que tuvo sus mejores expresiones –más allá de las variables de género y estilos– en la producción de Julio Cortázar (Rayuela), Alejandra Pizarnik (Los Trabajos y las Noches), Manuel Puig (La Traición de Rita Hayworth), Juan José Saer (El Limonero Real), Abelardo Castillo (Cuentos Crueles), Tununa Mercado (Celebrar a la Mujer como a una Pascua), Noemí Ulla (Los que Esperan el Alba), Liliana Hecker (Los Bordes de lo Real) y Horacio Salas (La Soledad en Pedazos), entre otros.
La década siguiente se ensombreció con la dictadura militar, que provocó el exilio de notables creadores como el poeta Juan Gelman (Cólera Buey) y los narradores Antonio Di Benedetto (Zama) o Daniel Moyano (El Vuelo del Tigre), y la desaparición forzada de Haroldo Conti (Mascaró), Roberto Santoro (No Negociable) y Rodolfo Walsh (Operación Masacre).
El retorno de la democracia permitió la reedición y relectura de textos y autores, entre ellos: David Viñas (Jauría), Ricardo Piglia (Respiración Artificial), Eduardo Belgrano Rawson (No se Turbe Vuestro Corazón), Miguel Briante (Ley de Juego), conjuntamente con la aparición de una “escritura de la memoria” que intentaba dar cuenta –con dispares resultados– de lo ocurrido en los años de plomo: Pedro Orgambide (Pura Memoria), Osvaldo Soriano (No Habrá Más Penas Ni Olvido), Juan Martini (La Vida Entera), Tomás Eloy Martínez (La Novela de Perón), Javier Torre (Quemar las Naves) o Jorge Manzur (Tinta Roja).
En cuanto a la actualidad, la proximidad temporal impide un análisis equilibrado. Las elecciones de los lectores recaen en la obra de César Aira (La Serpiente), Juan Forn (Nadar de Noche), Alberto Laiseca (Los Soria), Roberto Fontanarrosa (No sé si he sido Claro), Angélica Gorodischer (Menta), Elsa Osorio (Cielo de Tango), Martín Caparrós (El Tercer Cuerpo), Sylvia Iparraguirre (El Parque), Josefina Delgado (Salvadora, la Dueña del Diario Crítica) y Federico Andahazi (El Anatomista) –por citar sólo a algunos–.
2- DANZA
Pertenece al grupo de las grandes danzas colectivas, es jovial, se ejecuta alegremente a modo de juego inocente y familiar. Se bailó en América desde antes del descubrimiento; ha perdurado y hoy sigue practicándose en la región del NOA, especialmente en el centro y norte de Salta y Jujuy. Los bailarines suelen moverse en torno a los músicos o en hilera. Una mujer o un hombre con un pañuelo (a veces un banderín con cintas) en la mano se encarga de dirigir a los demás. Todos cantan la misma copla o entrecruzan improvisaciones. Los danzantes forman filas del brazo o de la mano, también lo hacen los niños y hasta los lactantes sujetos a la espalda de las madres. Las figuras son sencillas: apenas la rueda, la doble rueda, la hilera de itinerario libre y algunas pocas más. Es común el trote, que consiste en una larga fila que forman los bailarines de a dos, tomándose del brazo.
Es una modalidad musical y coreográfica con epicentro en la Provincia de Corrientes, muy extendida también a las de Chaco, Formosa, Misiones y norte de Entre Ríos. El sur de Misiones y parte del este de Formosa participan de su vigencia, aunque comparten preferencias con la polka y las especies secundarias emparentadas (galopa, guarania, etc.). En su origen se integraron los rasgos culturales del guaraní y del español. Según el célebre compositor Antonio Tarragó Ros: “En el Archivo de Indias, en España, hay documentación que demuestra que nuestra música ya existía cuando llegaron las misiones jesuíticas a Yapeyú. Los jesuitas instalaron en esa zona la fabricación más grande de instrumentos musicales del Río de la Plata y se cree que el acordeón nos llegó con ellos, para suplantar al órgano en la liturgia. Lo cierto es que al chamamé le vino bien por la escala diatónica y así se fue incorporando. En la época de la colonia las damas de la sociedad aprendían a bailarlo con maestros indios". Consiste en una danza en la que los cuerpos de las parejas se estrechan entre sí, plena de gracia y fino erotismo.
Se trata de una danza criolla de pareja suelta y pertenece a la generación de las graves como el pericón. Su coreografía adopta modalidades propias de los bailes picarescos y alegres, como los castañeteos y los movimientos ingeniosos.
Consiste en una danza cortesana bailada desde principios del siglo XIX, tanto en los ambientes rurales, como en los salones patricios o aristocráticos. Su difusión alcanzó las regiones de Cuyo, Centro y Sur. De pareja suelta e independiente, con aire de minué y de gato, combina en su coreografía múltiples pasos: grave simple (iniciado con pie derecho), pasos naturales y paso básico (iniciado con pie izquierdo).
Es una danza de pareja suelta e independiente, oriunda del norte argentino. Toma su nombre de la creencia popular de que Ecuador era un país de esparcimiento y diversión. La copla que acompaña a la danza nos deja testimonio:"Patito quisiera ser/chiquitito y nadador/para seguirle los pasos, a mi amada al Ecuador".
Se trata de una danza en pareja suelta e independiente de gran caudal expresivo, en la que sus integrantes simulan esconderse uno del otro. Se bailó desde el año 1820 hasta fines del siglo XIX. Fue practicada en las regiones de Cuyo, Tucumán, La Rioja, Catamarca, Santiago del Estero, Salta y probablemente en Buenos Aires.
Es una danza criolla alegre que puede ser ejecutada por una o dos parejas. Se bailó en nuestro país desde antes de 1820 y nos llegó posiblemente desde el Perú, extendiéndose en la campaña hasta la Provincia de Córdoba y luego hacia todo el país. Bailado por todas las clases sociales, representa un discreto juego amoroso donde el caballero simula cortejar a la dama y, persiguiéndola, trata de conquistarla; luce para ella las mejores figuras en sus zapateos, realizando a veces increíbles piruetas hasta obtener su correspondencia en la coronación final. Se convirtió, sin lugar a dudas, en el más popular de los bailes de la llanura, al igual que el malambo, y se lo conoció también con otros nombres como: "gato mis–mis", "mis–mis" o "perdiz”. Era raro antaño, que el gaucho no supiese rasguear un poco la guitarra y entonar las coplas del "gato" o los repetidos acordes del "malambo", motivo por el cual devino en uno de los bailes más elegidos.
Es una danza grupal de origen mapuche, propia del suroeste argentino, que se baila principalmente con movimientos de cabeza. Su nombre resulta de la composición de dos voces: lonco, que significa: cabeza, y meu, que quiere decir: bajar. Acompañada por la expresión musical que también lleva ese nombre y que se ejecuta por medio de cajas y cuernos, la danza consiste en correr, saltar, agacharse, erguirse con movimientos pantomímicos de la fauna regional, mientras se mueve fuertemente la cabeza. Es frecuente su realización como parte de ceremonias rituales de índole religiosa, en la que los participantes practican una suerte de desafío a la resistencia física, resultando vencedor el que permanece más tiempo en pie.
El malambo nació en las soledades pampeanas, allá por el año 1600. Dentro de nuestros bailes, es una excepción el que carezca de letra. Las guitarras acompañan esta danza ejecutada únicamente por hombres. El bailarín se luce en el zapateo, la cepillada (roce de la planta del pie contra el piso), el repique (golpe con el taco y la espuela) o los floreos. Sus pies apenas tocan el suelo. Las evoluciones del bailarín, cruzando las piernas, zapateando enérgicamente o haciendo dibujos con boleadoras y lazos son sorprendentes. El malambo, dentro de los bailes tradicionales, equivale a la "payada de contrapunto” en el canto: un verdadero torneo de habilidad gauchesca. En dichas competencias no hay límite de competidores, de a uno van exponiendo sus "mudanzas" y gana quien mejor realiza la mayor variedad de figuras. Una especie singular consiste la modalidad “A devolver figuras”, en la que sólo compiten dos hombres, los cuales están obligados a retrucar indefinidamente la figura que les propone el contrincante, cuyo lugar de inicio está determinado por sorteo. Cuando uno de los dos no puede devolver la mudanza de su adversario se da por terminada la competencia. Actualmente, el malambo reconoce dos estilos: el sureño (Provincia de Buenos Aires y la región pampeana) y el norteño. En el primero, las figuras son suaves, el bailarín muestra ingenio y habilidad, dejando a un lado la rudeza. El segundo, en cambio, se caracteriza por un compendio de destreza, brío, y agilidad.
Se trata de un baile típico muy elegante de la llanura pampeana. En el pasado, recibió el nombre de "baile de cuatro", en razón de ser ése el mínimo de parejas necesarias y porque la coreografía de la danza primitiva se componía de sólo cuatro figuras llamadas, por su orden: demanda o espejo, postrera o alegre, cadena y cielo. A cada una de ellas corresponden varios movimientos distintos, que se ejecutan de acuerdo con las órdenes que dan, según el caso, el cantor o el "bastonero" –especie de director– y siguiendo el ritmo de vals lento o sobrepaso, característico de todos los pericones. El "bastonero" debe ser elegido con sumo cuidado, ya que de su ingenio depende, en gran parte, el éxito del baile. Uno de los agregados relativamente recientes es el "pabellón", donde los bailarines tomados del brazo forman un círculo y cada pareja al compás de la música, con las manos libres, extiende un pañuelo por encima de las cabezas, intercalándose los colores azul y blanco de la bandera argentina.
Consiste en una danza de pareja suelta o independiente que, al igual que la zamba o la arunguita, emplea el pañuelo como accesorio fundamental. Hay documentación confiable que da cuenta de que se bailó en el noroeste, centro y sur del país, desde medidos de siglo XIX.
Es el célebre baile rioplatense difundido internacionalmente, de parejas enlazadas, forma musical binaria y compás de dos por cuatro. Surgió en los suburbios de la ciudad de Buenos Aires a fines del siglo XIX, en pleno proceso de transformación en una gran urbe. La convivencia de inmigrantes, negros y gauchos que llegaban al puerto luego de quedarse sin trabajo en el ejército o como consecuencia de la instauración de los grandes latifundios, hicieron del tango un producto cultural único en el mundo. En su origen las canciones eran solamente instrumentales, ejecutadas por tríos de guitarra, violín y flauta, a cuyos compases las parejas bailaban enlazadas. Más tarde incorporó el bandoneón – instrumento procedente de Alemania–, que le daría su sonido característico. En sus primeros años de vida era ejecutado y bailado en prostíbulos, razón por la cual sus primeras letras fueron de contenido vulgar y chabacano. Los grandes poetas con sus letras que evocan el amor frustrado y el arrabal que fue, entrarían en escena en la segunda década del siglo XX, a partir de “Mi noche Triste” de Pascual Contursi, tema que describe los sentimientos de un hombre abandonado por su mujer, grabado por Gardel en 1917 y que dio origen a lo que más tarde se denominó “tango– canción”.
El triunfo es una danza criolla de pareja suelta que se bailó en todo el campo argentino y también en el Perú. Es un placer ver el movimiento vivaz de los bailarines.
Consiste en un baile de pareja suelta e independiente que usa el pañuelo como accesorio principal. Se la encuentra registrada exclusivamente en la Provincia de Santiago del Estero, desde 1859 hasta fines del siglo XIX.
Danza de pareja suelta e independiente, tuvo alguna preponderancia en las Provincias de San Luis, Santa Fe y Córdoba. Hay testimonios y registros de ella principalmente en la provincia puntana que datan de 1840.
La chacarera es una danza alegre y pícara. Su origen no es preciso, pero se le adjudica como cuna de nacimiento la Provincia de Santiago del Estero, desde donde se difundió a lo largo del país. Es de ritmo vivo, alegre, apicarado por su galante juego pantomímico. Se baila en parejas sueltas y el zapateo es constante. Hay de ella una variante, llamada chacarera doble.
Hermana de la zamba, de su homónima chilena, de la marinera peruana y de otras danzas similares, hijas todas de la zamacueca del Alto Perú (o de ella derivadas), la cueca es una de los bailes que más arraigo tuvo en Argentina, en cuyas regiones cuyana y norteña aún conserva vigencia. Ingresó a nuestro país por dos vías: primeramente por la Provincia de Mendoza, desde donde se difundió al resto del país y derivó en la cueca argentina o cuequita (para distinguirla de la chilena). Posteriormente, la cueca marinera (como se la denominó en Perú) entró desde Bolivia y hoy se la conoce como cueca norteña. Cabe señalar que esta danza fue proclamada en 1979 baile nacional oficial de Chile.
Consiste en una danza de galanteo, pícara, de pareja suelta e independiente. Hay registros fidedignos de ella en la campaña bonaerense desde el año 1900, aunque se la bailó en diferentes regiones de nuestro país.
La mediacaña es una danza criolla, galante y alegre, que se baila de pareja suelta e independiente, de movimiento lento–vivo y de carácter cortesano.
La milonga "campera" es ligera, pero no tanto como la urbana, se interpreta con guitarra y no tiene coreografía. En cuanto al aspecto estrictamente musical, se la vincula directamente con la habanera y el tango, aunque tiene un ritmo mucho más rápido que éste y sus letras suelen ser picarescas. Jorge Luis Borges la prefería por la ausencia de melancolía, rasgo tan característico del tango y compuso incluso su “Milonga para Francisco Chiclana" en la que evoca a un corajudo cuchillero de tal nombre. La milonga, entendida como lugar en el que se baila indistintamente tango y milonga, suele ser el salón de un club o cualquier otro local destinado a ese fin. Hombres y mujeres se sientan a unas mesas colocadas alrededor de la "pista" y la invitación a bailar obedece a una regla estricta: el hombre desde cierta distancia "cabecea" a la mujer, es decir, le hace una señal inclinando la cabeza, y ella acepta o rechaza el convite, en este caso, también con la cabeza. Las mujeres "milongueras" han sido objeto de dedicatoria de varios tangos, cuyas letras suelen aludir a un pasado humilde y a un presente en el que la frecuentación de las milongas de lujo les permite relacionarse con hombres adinerados (los "bacanes"), vínculo que sugiere un modo de prostitución.
Danza de pareja suelta e independiente, se bailó originalmente en las Provincias de Buenos Aires y Santiago del Estero. Lleva como accesorio un pañuelo.
Es la danza amatoria por excelencia. El hombre festeja a la mujer con ternura y ella acepta, aunque lo esquiva coquetamente. Luego de enamorarla, llega el triunfo del varón, quien la corona poniéndole el pañuelo, como abrazándola. Nos viene de la zamacueca (Lima–Perú) y de la cueca chilena. Tomó su nombre de la antigua danza peruana homónima, no así su coreografía. Al acriollarse incorporó el pañuelo – como una extensión de la mano – que juega un rol importante, ya que a través de él los bailarines expresan estados de ánimo, sugerencias y deseos. Su baile en pareja suelta e independiente se popularizó en casi todo el país.
3- ARTES PLASTICAS
El arte prehispánico antes de la llegada de los españoles se desarrolló especialmente en las poblaciones indígenas de las culturas del Noroeste Argentino (NOA). Conocían técnicas de cerámica, metales y textiles, producción que puede ser vista actualmente en museos y salas de exposición de la región o en el Museo de La Plata.
Los tiempos coloniales estuvieron signados por el arte religioso. En las iglesias de distintos puntos del país quedan valiosos exponentes, tales como esculturas y pinturas de asunto bíblico, retratos de personajes eclesiásticos o de funcionarios civiles. Las obras fueron realizadas por las propias órdenes religiosas, entre las cuales merece destacarse la Compañía de Jesús que mantuvo su primacía hasta 1767, año de expulsión de las posesiones españolas.
A principios del siglo XIX, a instancias de Manuel Belgrano, se creó una efímera Academia de Dibujo que propiciaba la enseñanza de aspectos no sólo estéticos sino morales. Bajo la influencia de la Ilustración, la temática religiosa dio paso a las escenas de costumbres y Francia se convirtió en modelo artístico a emular, como forma de contrarrestar la influencia hispánica.
En 1815 Fray Francisco de Paula Castañeda inauguró otra Academia de Dibujo, que en 1821 pasó a formar parte de la Universidad de Buenos Aires. Instituciones similares se abrieron también en Mendoza y Santa Fe. Durante la presidencia de Rivadavia fueron convocados profesionales europeos que adscribían a criterios artísticos del Neoclacisismo aún imperante. Tras su caída se afianzó el Romanticismo, que buscaba en el pasado la esencia de un país en formación. Este movimiento derivó en un pintoresquismo extremo, con el acento puesto en retratos y paisajes. Los artistas locales encontraron una fuente de formación en pintores extranjeros como Carlos Enrique Pellegrini y Cayetano Descalzi, o en viajeros que apuntaban al exotismo y trabajaban por encargo, como Emeric Essex Vidal y Raymond Quinsac de Monvoisin. También en este período se destacaron los litografistas Jean Douville y César Baclé. Todos ellos hicieron conocer el paisaje y los tipos humanos de nuestra tierra en el viejo continente.
Los primeros pintores formados en la Argentina fueron Carlos Morel y Fernando García del Molino, quienes se enrolaron en un romanticismo ingenuo de cuño local, de corte costumbrista. Se destacó en este período Prilidiano Pueyrredón, otro romántico acrítico y naturalista, dúctil retratista de las figuras de la sociedad porteña y sus costumbres. Le siguieron Juan Manuel Blanes, un riguroso historicista, y Cándido López, quien reflejó con particular estilo la guerra del Paraguay.
Entre fines de 1871 y comienzos de 1872 se realizó en Córdoba la primera muestra de arte en la Argentina, como apéndice de la Exposición Nacional dedicada a producciones agrarias e industriales, donde fueron laureados el cordobés Genaro Pérez y el porteño Martín Boneo. Años más tarde, el gobierno nacional comenzó a estimular a los jóvenes con becas de perfección en Europa, mientras se fundaban centros de enseñanza que fueron creando condiciones para el incremento de la actividad artística y la conformación de un público interesado. Por iniciativa privada se fundaron la Sociedad Estímulo de Bellas Artes (1876) y el Ateneo (1892) y desde la esfera estatal se creó el Museo Nacional de Bellas Artes (1895). La obra de Eduardo Sívori (considerado el introductor de naturalismo en el país), Eduardo Schiaffino, Ernesto de la Cárcova y Reinaldo Giudici, todos ellos de gran capacidad técnica, permite contemplar un arco de temas, desde el historicismo al verismo o el costumbrismo moralizante.
En el campo de la escultura fueron consagrados los nombres de Francisco Cafferata, Lucio Correa Morales y Lola Mora, quienes desarrollaron una interesante labor en el campo de la estatuaria monumental, línea estética en la que después adquirirían relevancia Rogelio Yrurtia y Pedro Zonza Briano.
El regreso de París de Martín Malharro y su inmediata exposición en 1902, marcó la aparición del impresionismo en nuestro país, al que adhirieron Faustino Brughetti y Ramón Silva. El paisaje luminoso se convirtió en centro de la pintura argentina, elección que compartieron los postimpresionistas Fernando Fader, Cesáreo Bernaldo de Quirós y Pío Collivadino, integrantes del grupo Nexos. Esta agrupación participó activamente en el debate sobre la realización de un arte nacional, estimulado por los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo.
Alrededor de 1920 surgieron los Artistas del Pueblo, correlato plástico del grupo literario de Boedo. Alejados del folklorismo o de la nostalgia del pasado propiciados por la generación anterior, este núcleo formado en bibliotecas de izquierda al calor de las obras de Tolstoi, puso el énfasis en los problemas sociales. José Arato, Adolfo Belloq, Guillermo Facio Hébequer, Abraham Vigo y el escultor Agustín Riganelli expusieron en fábricas y barrios y crearon un Salón de Independientes al cual asistió también, pese no compartir íntegramente sus postulados, Benito Quinquela Martín, identificado con el Grupo de La Boca, en el que descollaron Alfredo Lazzari, M. Carlos Victorica, Eugenio Daneri y Víctor Cúnsolo.
Esta tendencia del arte social se intensificó en el realismo crítico de los años 30, que rechazaba la abstracción por considerarla elitista. En esta corriente sobresalieron Antonio Berni, Lino Enea Spilimbergo, Juan Carlos Castagnino, Carlos Alonso y Demetrio Urruchúa, quienes apelaron al mural, a técnicas y procedimientos como el collage, la fotografía y el montaje y desarrollaron una importante tarea educativa en centros de enseñanza artística.
Esta línea será retomada a fines de la década del 50 por el Grupo Espartaco, integrado por Ricardo Carpani, Juan Manuel Sánchez y Mario Mollari, quienes por medio de la monumentalidad buscarán llevar el arte al pueblo.
Paralelamente al surgimiento de la tendencia realista, en las antípodas de los Artistas del Pueblo, del naturalismo y del impresionismo, otro grupo de creadores se nucleó en torno a la divisa retorno al orden, en busca de formas libres y equilibradas, aunque alejadas del academicismo. Adhirieron a esta tendencia Emilio Petorutti y Xul Solar, sumándose luego Norah Borges, Alfredo Bigatti y Alfredo Guttero, allegados al grupo literario de Florida.
Por su parte, artistas argentinos residentes en Francia: Horacio Butler, Hector Basaldúa, Aquiles Badi, Lino Spilimbergo y Raquel Forner, formaron el Grupo de París bajo la consigna de buscar “lo eminentemente estructural de los valores plásticos”.
Hubo también una tendencia figurativa que puso el acento en la introspección, nutriéndose de lo cotidiano. Raúl Soldi, Fortunato Lacámera y Miguel Diómede, representantes de la denominada pintura sensible, cultivaron la expresión de matices delicados con una fuerte carga de subjetividad.
Mientras se afianzaba el realismo crítico, en las antípodas se fortalecían las propuestas surrealistas del Grupo Orión, compuesto por Vicente Forte, Luis Barragán y Leopoldo Presas, entre otros. No obstante, artistas identificados con los postulados de cambio social adoptaron algunos rasgos vanguardistas como Berni o Spilimbergo, quienes transitaron momentos cuasi surrealistas. Otros en cambio, como José Planas Casas y Juan Batlle Planas fueron exponentes “puros” de esta tendencia.
A partir de los años 50, Roberto Aizemberg, Osvaldo Borda, Jorge Tapia y, posteriormente, Guillermo Roux retomarían esta senda en la que convivían poesía, metafísica y elementos oníricos.
En 1944 la revista Arturo se convierte en portavoz de la abstracción geométrica rechazando el arte figurativo. Considerada como una segunda vanguardia, los defensores de la abstracción o arte concreto: Carmelo Arden Quin, Gyula Kosice, Tomás Maldonado y Lidy Prati, se reconocían herederos de Pettoruti. De este grupo luego surgieron otras propuestas como la Asociación Arte Concreto Invención, Madí y el perceptismo.
Hacia 1952 se constituyó el Grupo de Artistas Modernos de la Argentina, con José Fernández Muro, Sarah Grilo y Miguel Ocampo, quienes propugnaban el cambio de la racionalidad geométrica hacia la liberación de los sentimientos y la primacía de lo subjetivo. Sin abandonar la abstracción, pero centrados en nuevas búsquedas, figuras como Martha Peluffo, Víctor Chab, Josefina Robirosa y Osvaldo Borda conformaron a su vez el Grupo Boa.
Todos estos encuentros marcaron una nueva etapa del vanguardismo en el país y prepararon el camino para movimientos como el arte óptico y cinético (Julio Le Parc, Hugo Demarco y Luis Tomasello), el informalismo (Kenneth Kemble, Fernando Maza y Mario Pucciarelli), la Nueva Figuración (Luis Felipe Noé, Jorge de la Vega, Ernesto Deira y Rómulo Macció), el arte destructivo (Barilari Kemble, Jorge López Anaya y Antonio Seguí) y el happening (Marta Minujín, Rodolfo Azaro, Margarita Paksa y León Ferrari) – tendencias propias de la década del 60, que tuvo su epicentro en el Instituto Di Tella–. Dirigido por Enrique Oteiza y Jorge Romero Brest, el Di Tella estimuló no sólo el uso de materiales no convencionales sino el abandono total de formalismos, en un ámbito de absoluta libertad formal, en el que se borraban las fronteras entre creador, obra y vida cotidiana.
Simultáneamente, habían comenzado las primeras manifestaciones del conceptualismo, que puso su acento en lo irónico y caótico del desorden cotidiano. Sobre esta línea trabajaron Alberto Greco y Edgardo Antonio Vigo y, en un plano de acción pura: Nicolás García Uriburu y Carlos Ginsburg.
El cierre del Di Tella en 1970 por presión de las autoridades militares, dio lugar al Centro de Arte y Comunicación, donde nacería el Grupo de los 13, luego Grupo CAYC en 1975. Integrado por Jaques Bedel, Jorge Glusberg, Víctor Grippo y Clorindo Testa –entre otros–, propiciaba exposiciones de arte conceptual, arte ecológico, arte pobre, arte de proposiciones y arte cibernético. Sin integrarse en propuestas colectivas, coincidieron desde distintas miradas sobre el concepto Lea Lublin y Liliana Porter, quienes prefigurarían el neococeptualismo, encarnado posteriormente en Jorge Macchi y Juan Paparella.
Contrariamente, otros artistas mantenían el acento en las injusticias sociales. Cabe mencionar entre ellos a Antonio Seguí, Carlos Gorriarena, Alberto Heredia y Jorge Demirjian. El realismo optó por una representación mimética del mundo, exacerbada a veces hasta un hiperrealismo preciosista como el que cultivaron Hugo Laurencena, Carlos Arnaiz, o Héctor Giuffré. En esta línea y protagonizando experiencias vinculadas a la política, se destacó Tucumán arde de Juan Pablo Renzi. Oscar Bony, Pablo Suárez y Diana Dowek pueden ser considerados parte de esta fusión entre arte y compromiso militante. Esta postura implicó retomar la senda del arte concreto basado en los principios de la percepción visual y la reivindicación de géneros tradicionales, como se ve en las obras de Víctor Magariños, María Martorell, Rogelio Polesello y los integrantes del Grupo de Arte Generativo: Eduardo Mac Entyre y Miguel Ángel Vidal. También por estos años se acentuó la expresión de la identidad latinoamericana, a través de técnicas y motivos propios del arte precolombino. En este camino, Marcelo Bonevardi, Alejandro Puente y Pérez Celis alimentaron el denominado constructivismo rioplatense.
Tras la dictadura militar y con el retorno de la democracia, se potenciaron las búsquedas. A principios de la década del ’80 surgió el Grupo de la Abstracción Sensible (Carlos Silva y Raúl Masón) que impulsó el retorno al arte figurativo y al trabajo artesanal, enfatizando los elementos pictóricos decorativos y ornamentales que habían sido desvalorizados por el arte conceptual. Hacia 1982 el Grupo IIIII (Guillermo Kuitca, Osvaldo Monzo y Pablo Bobbio, entre otros) y el Grupo Babel (Nora Dobarro, Juan Lecuona y Gustavo López Armentía, por citar sólo a algunos) cuestionaron el concepto de unidad artística y comenzaron a usar elementos extraídos de la historia del arte como lenguaje.
La década de los 90 estuvo signada por el arte light o kitsch con abundancia de elementos escolares, domésticos, cotidianos y baratos, en una atmósfera de artificio y cinismo, matizada con elementos retrospectivos resignificados y descontextualizados: Jorge Gumier Maier, Graciela Hasper, Román Vitali, Karina El Azem y Fabio Casero cultivaron esta tendencia. Otro grupo eligió recuperar los principios de la abstracción agregando estilos y materiales de campos no artísticos: Fabián Marcaccio, Alejandra Padilla y Silvia Gurfein son algunos de los nombres de esta corriente. Como contrapartida, hubo otros creadores que mostraron una veta sensible a los problemas y miserias sociales de la época y para mostrar ese rostro apelaron a lo abyecto, integraron en sus obras lo perverso y lo feo con alusiones permanentes a la violencia, a lo efímero de la vida y a la degradación corporal. En esa senda expresiva recurrieron a materiales corrompibles de origen animal o humano y a elementos rotos o fuera de contexto. Este fue el camino transitado por Daniel Santoro, Nicola Costantino, Alicia Herrero, Gabriela Sacco y el Grupo Escombros –con su estética de lo roto–.
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